Fideos con salsa blanca

Un viernes a la noche comía fideos con salsa blanca en mi casa y a las dos horas estaba eligiendo el cajón en el que íbamos a enterrar a mi papá. Así es la vida a veces, sin escalas.

Los detalles ahora no importan, no todos. Lo único que me pregunto es cómo habrán sido sus últimos minutos. Quiero pensar y me repito que fue algo tan simple como estar durmiendo y de repente ya no respirar más. Eso me tranquiliza hasta cierto punto. Me obliga a creer que no se dio cuenta, que no sufrió. Y lo más probable es que haya sucedido eso, de lo contrario lo hubiéramos escuchado quejarse, hacer algún ruido, algo. Pero no. Nos dimos cuenta recién cuando fuimos a despertarlo y lo encontramos igual que como lo habíamos dejado. Salvo que ya no respiraba.

Esa misma noche, madrugada de sábado ya, de vuelta en mi casa después de la visita al shopping de ataúdes, debía continuar con mi vida. Se supone que luego de semejante sacudón tenía que dormir, pasar la noche (cosa bastante difícil por cierto). Me acosté, cansado de dar vueltas e inventar excusas para no hacerlo y de repente me acordé. Mejor dicho, lo supe. Estaba seguro de que allí iba a encontrar algo: una pista, un mensaje, un guiño del destino. Salí de la cama y bajé casi corriendo las escaleras. Entré a su habitación, caminé hasta la mesita de luz y ahí estaba. Lo agarré y lo abrí por donde estaba marcado. El señalador descansaba en la página 56 y el primer párrafo decía así:

“En la soledad de nuestros insomnios, nos preocupamos por nuestros hijos desde que se revuelven en la cuna hasta que tienen veinte años y esperamos con ansiedad, en el silencio de la madrugada, el momento de escuchar el ruido de sus llaves en la cerradura como señal de que vuelven sanos y salvos. O hasta que tienen cuarenta, y nos inquieta escucharlos toser en el teléfono. Son nuestros hijos para siempre. Desde que los vimos por primera vez hasta que los veamos por última”.

Algo como eso era exactamente lo que esperaba encontrar, una especie de señal. El libro que hacía pocos días él había elegido para leer de todos los que estaban en mi biblioteca tenía puesto el señalador exactamente en ese lugar. Se trata de una recopilación de columnas breves que salían en un conocido diario; la mayoría no se extienden más allá de cinco o seis carillas y esta no era la excepción. Lo extraño es que el señalador se encontraba en la tercera carilla de un texto de cinco. No sé lo que sucede con el resto pero yo intento leer siempre hasta el punto en que el texto mismo se toma un descanso, nunca abandono una lectura en medio de un capítulo por ejemplo o en medio de un cuento. En el caso de tener que hacerlo, el señalador vuelve inmediatamente al inicio del mismo, nunca lo dejo en la mitad. Y menos si se trata de algo tan breve; en cinco carillas nunca se me ocurriría dejar el señalador en la tercera y pretender seguir desde allí. En el preciso momento que recordé lo del libro fui en busca de dos cosas: una era saber qué había sido lo último que mi papá había leído; y la otra, ir en busca de alguna señal o algo por el estilo dejada por él, intencionalmente o no. De cualquiera de las dos formas me siento igual de satisfecho: si aquel párrafo fue lo último que leyó es una muy bella casualidad; ahora bien, si lo que dejó fue una especie de mensaje o señal intencional, sabiendo tal vez que yo iba a saberla interpretar, el hecho es inmensamente más valorable y hermoso.

No sé hasta qué punto importa lo que realmente haya sucedido o no si uno a fuerza de ganas, de deseos, de piadosas mentiras, de modestos artilugios puede modificar la realidad que, por lo general suele ser bastante esquiva. Por lo tanto, démosle la bienvenida a la ficción, quizá sea nuestra única verdad.

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