Pasión inútil

Estaba oscuro y por el cielo volaban miles de silencios, sigilosas marcas de la inconexión. El tiempo rodaba lento, como para estirar la agonía de esa infausta ausencia de palabras. Sus ojos se esquivaban, no iban a ningún lado. No querían verse, pero tampoco querían alejarse. La atmósfera a su alrededor se iba tornando cada vez más densa y comenzaba a absorverlos. Parecían condenados a habitar siempre el mismo maldito lugar, superponiéndose. Nada de complementos ni de llenar vacíos ajenos, estaban hechos de lo mismo. Y allí se encontraban ahora, exhaustos y en silencio, pero sin ser capaces de ceder ni un mínimo ápice de su humanidad en pos de algo nuevo, algo distinto. Eran parte del mismo círculo, de un laberinto sin salida. Hacía tiempo ya que no iban a ningún lado pero no podían ni querían evitarlo. Las agujas, agotadas, ya ni se esforzaban en correr, para qué, si siempre era igual. Su amor y su odio eran la misma cosa, aunque quizás no lo sabían. Tal vez ellos pensaban diferente, o tal vez ni siquiera pensaran. Solo se dejaban arrastrar por aquella vorágine a la que llamaban vida, que habían aprendido de manera inconsciente y que repetían como autómatas y con precisión de relojero desde hacía ya muchos años. Una rutina y un amor que los consumía de a poco; los iba gastando de forma muy lenta, desde afuera hacia adentro y viceversa. Las paredes de aquella imaginaria habitación tendían a juntarse en el centro; el círculo laberíntico se cerraba sobre sí mismo. Era una cárcel en movimiento; un calabozo en lenta, constante e imperceptible implosión. Pero ellos nada, no lo notaban, estaban presos de su pasión inútil, de su fuego enfermo, de su asquerosa ligazón. El círculo se hacía más y más pequeño a cada paso. En un momento sus ojos ciegos dejaron de esquivarse y volvieron a mirarse con la misma oscura nitidez de siempre. Se mintieron vivos, con esperanzas renovadas y más enamorados que nunca; tanto que comenzaron a besarse de manera apasionada, al tiempo que las paredes continuaban avanzando lentamente tras de sí. No cesaban de mirarse, de gustarse, de verse reflejados en los ojos del otro. Finalmente se abrazaron, y lo hicieron con más fuerza que nunca; de forma exagerada, casi obscena, a tal punto que sus partes comenzaron a romperse. Y mientras más duraba y más fuerte era el abrazo, más se desintegraban. Pero no se separaban en lo más mínimo, sino que de la unión de cada una de sus minúsculas partes comenzó a formarse una especie de masa uniforme: eran ellos dos, sus vidas enteras convertidas en nada. Por fin el cuento de la media naranja, el de hacer de dos, uno, cobraba sentido; podrían estar orgullosos de sí mismos y de la gran victoria de su amor. Todo aquello había sido real, sí se podía amar de aquella manera. Estaban juntos, como siempre habían querido a pesar de todo, aunque tal vez fuera porque nunca se habían permitido algo diferente y no conocían otra cosa, pero eso ahora ya no importaba. Eran uno y ya no podían pedir nada más. Al sentirse por fin completos, se detuvieron un segundo a pensar las cosas en frío por primera vez en sus vidas y se permitieron dudar acerca de si aquello sería tan hermoso como se lo habían contado. Pero ya fue demasiado tarde, el círculo se cerró por completo, las paredes se aplastaron unas contra las otras y ellos desaparecieron en un largo y lento grito silencioso.

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