Respuestas

El chico entra corriendo desesperado en busca de su hermano. Ignacio tiene ocho años y su hermano Martín, once. Quien corre desaforado es Ignacio y viene con un libro en la mano, Martín no entiende nada. Qué hace este con un libro; ni siquiera está seguro de que el tonto de su hermano sepa leer. Claro que lo de tonto es con cariño, lo ama más que a nada en el mundo, aunque a veces le den ganas de matarlo. Todo esto lo piensa mientras Ignacio se acerca cada vez más. Cuando ya lo tiene a pocos metros y puede divisar los detalles de su rostro, se da cuenta de que no trae esa cara de siempre, esa que es una mezcla de inocencia y maldad y que exhibe orgulloso ante cada travesura. Esta es muy distinta; está exultante. Sus facciones denotan que se encuentra ante una sensación que probablemente no ha experimentado con anterioridad en su joven vida. Se lo ve como si no supiera qué hacer, o qué sentir. Lo adivina desbordado, tal vez de felicidad o algo por el estilo. Sus ojos brillan.

Se quedan cara a cara por unos segundos y ninguno de los dos dice nada. Martín continúa desorientado y a la espera de lo que diga su hermano. Por fin Ignacio se anima, toma aire y agarrando fuertemente el libro entre sus brazos le dice: “lo encontré en el galpón del fondo, tapado con unos trapos entre otro montón de libros viejos y te estaba buscando a vos para que lo leamos juntos; mirá lo que dice el título”.

Ambos se miraron extasiados luego de ver aquellas palabras en la tapa. Tal vez sentían que ese objeto sería su salvación o parte de ella. Alzaron sus ojos al cielo, luego volvieron a mirarse y se aventuraron a descubrir por fin y para siempre qué secretos guardaba aquel libro. Abrieron en la primera página, se detuvieron unos segundos. Luego pasaron a la segunda, después a la tercera y así sucesivamente y cada vez con mayor velocidad. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse ya había desaparecido ese chispeo en sus miradas y en su reemplazo había vacío, desilusión, nada. Volvieron a revisar una y otra vez las páginas que ya habían pasado pero efectivamente no había nada, estaban en blanco. Todas en blanco. Su infantil esperanza de respuestas se había desvanecido junto con sus ganas de hablar.

Se alejaron los dos en silencio, dejando tras sus pasos, un libro en el suelo titulado: “Cómo despedir a papá”.

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